Religiosidad y romerías en la frontera Navasfrieña

A finales del siglo XIX después de muchos años de tranquilidad en la frontera, ya sin guerras que perturben la paz y el sosiego que disfrutan los navasfrieños, salvo alguna pequeña disputa con los pueblos fronterizos a consecuencia de unos pocos hurtos de ganado y leña para el fuego, el crecimiento de habitantes sigue en aumento, acercándose ya a los 1500, con una ampliación del casco urbano que cada día se extiende más hacia los sitios que conocemos, hoy día, como barrios del Cristo, la Fuente y Eras de  Arriba, debido en parte a la incorporación durante este siglo y el anterior de muchas personas del otro lado de la frontera, y por tanto con lazos de parentesco y de amistad en la zona portuguesa,  siguiendo sus tradiciones y fiestas populares, que son celebradas por todos, especialmente las "capeas rayanas" y la festividad religiosa de San Antonio; homenaje que, los navasfrieños inmersos en las faenas del campo con la recolección del pasto para los animales, comienzan a poner en marcha, avisando a los participantes con el volteo y repique de campanas en las vísperas de dicha festividad; anunciando de este modo la inminente celebración, para estar preparados en la mañana del trece, y salir camino de Aldeia do Bispo en la romería en honor del santo, organizada por aquellas personas que anteriormente habían recorrido el camino inverso para asentarse como vecinos de Navasfrías. Este largo camino, con vítores y cohetes en honor del santo, era el comienzo de la festividad,  para llegar hasta Aldeia do Bispo y unirse a las gentes   del pueblo, asistiendo  todos juntos a la solemne celebración de los festejos religiosos y la exaltación del santo, muy en consonancia, algunas veces,  el pregón del párroco celebrante, con la vida cotidiana de las gentes del campo para un fácil entendimiento de sus palabras, expresadas en una de sus partes, según algunos de los asistentes, en los términos siguientes, y que ha perdurado desde entonces, trasmitido como anécdota curiosa de boca en boca. "San Antonio era un hombre que vivía en el campo, se alimentaba con hierbas del prado y coles del huerto. La gracia de San Antonio es como las caganitas de las cabras, rebota por los barrocos (peñas), va para acá y para allá y para todas partes va".

La devoción al santo la conservaron y mantuvieron viva, en sus creencias, aquellas personas  que cruzaron la frontera, y también sus descendientes, para encomendarle la custodia de personas, animales, o cosas, siendo hoy día costumbre de algunas mujeres mayores hacer estas encomiendas.

En la última década del siglo XII vino al mundo en Lisboa un niño al que sus padres le pusieron el nombre de Fernando, Fernando de Balhôes, ingresando con el tiempo en la Orden Franciscana, y siendo más tarde ordenado presbítero en dicha orden; naciendo como San Antonio de Padua para la Iglesia Católica en 1232, después de su fallecimiento en Padua el día 13 de Junio de 1231.

Plegaria. "San Antonio de Padua, que en Padua naciste y en Lisboa aprendiste palabras para predicar. Estando predicando, un silabario perdiste, el hijo de Dios lo encontró, encima de él se sentó y dijo tres veces, Antón, Antón, Antón, lo perdido hallado, lo lejos acercado, y los muertos resucitados". La encomienda por persona animal o cosa, finalizaba con el rezo de un Padre Nuestro y un Ave María.

Otra versión más amplia también fue utilizada, y posiblemente aún hoy día, por algunas de estas personas con los mismos fines de sanar, encontrar, o proteger; todo esto debido a las pocas, o nulas aportaciones, por parte de la ciencia y las tecnologías,  para solucionar los problemas que día a día se presentan, en aquella época, en el mundo rural, y la dureza de todos los trabajos derivados de esta vida, que siempre fue puro sacrificio para sobrevivir, refugiándose en las creencias religiosas con el fin de buscar una salida a sus problemas con estas encomiendas, tratando de implorar la protección del santo en las cosas cotidianas, encomendando el cuidado de los animales de robos y perdidas y también de los ataques de lobos y zorros, ya que, en esta época, debido a los constantes  ataques en el campo, en los corrales, y en los bardos,  a cabras, ovejas, y a veces incluso a terneros, por parte de los lobos,  y también a los daños que podían producir los zorros en los recursos domésticos, atacando al menor descuido en las casas de campo a gallos, gallinas, y cochinillos, produciendo graves daños al mundo rural, con las consiguientes protestas de los campesinos, obligando a la administración a tomar medidas para paliar, en lo posible, estos daños, ofreciendo recompensas a todo aquel que presentase en los ayuntamientos el animal muerto; con un premio de 20 Pts. por las lobas, 15 por los lobos, 10 por las zorras y 7,50 por los zorros, quedando en el ayuntamiento las orejas y el rabo para su justificación en el gobierno civil a la hora de efectuar los pagos. Más tarde, incluso en el siglo XX, las personas que abatían alguno de estos animales, los paseaban por los pueblos a lomos de alguna caballería, recorriendo las calles de puerta en puerta pidiendo a los vecinos la voluntad.

 Esta protección también solían pedirla al santo encomendando a las personas en los desplazamientos, muy frecuentes, y que podían durar varios días, para vender, comprar, o cambiar productos o animales en los pueblos cercanos o en las ferias de ganado que se celebraban en Moraleja, Coria, Fuenteguinaldo y Ciudad Rodrigo, desplazándose con el ganado a pie por los caminos,  recorriendo algunas veces  hasta cuarenta y siete kilómetros para llegar a su destino, con el consiguiente camino de vuelta.

Plegaria. “San Antonio bendito se levantó, se vistió, se calzó, su cayadita agarro, encomenzó a caminar, con Jesucristo se encontró, que le dijo. ¿Dónde vas Antonio, a dónde vas? Yo contigo no me iré, tú conmigo no vendrás, yo para el cielo me voy, tú en la tierra te quedaras. Todas las misas y responsos que en el mundo se recen. Por( persona ----, animal ---, o cosa ----) se encomendarán: valijas de muchas valías, o cosa que se encuentre en mal estado; donde no llegue, ni perro, ni lobo, ni agua, ni lumbre, ni hombre de mal vivir, ni mal amparo de la tierra. Amen".

 La religiosidad de las personas portuguesas y la de sus descendientes españoles, incluso durante los años 40 y 50 del siglo XX, conservaron muchas cosas en común, buscando soluciones para todo dentro de su fe, con encomiendas un tanto particulares, debido a la necesidad en el mundo rural del producto que proporcionaban algunos animales por su importancia en la alimentación de cada día, y  que, llevadas por esta necesidad y su confianza en los resultados, se la aconsejaban unas mujeres a otras.

"Si pones una gallina a güerar (incubar), encomiéndala a la Virgen de Penamacor, que te salgan todas ponedoras y un solo cantaor”. 



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