Recuerdos en la hora del silencio

Después de muchos años y también de muchas conversaciones con Juan, mi vecino durante el invierno, y residente durante muchos años en el Coisal, he vuelto a pasar por los mismos caminos, y a recordar aquellos tiempos, y también algunas anécdotas sucedidas en ellos, un día llenos de gentes regando con el sudor de sus frentes los campos, para que  fructificasen las semillas  depositadas en sus tierras, proporcionándoles así los alimentos necesarios para el sustento de toda la familia. Días muy largos durante el verano para llevar a cabo los duros e insoportables trabajos bajo un sol abrasador, y noches cortas para el descanso y la recuperación de las fuerzas necesarias  para poder continuar el camino al día siguiente; aunque con algunas noches en duermevela con el fin de atender diferentes ocupaciones debidas a los partos del ganado estabulado, y algunas otras formas de ganarse la vida en una tierra de frontera.

La Tierra sigue su camino, y con el giro alrededor del Sol se van sucediendo las estaciones, y los trabajos también van cambiando, sobre todo en los campos, pero no cesan; aparte de la recogida de hortalizas y de dejar listo todo lo relacionado con la preparación de la tierra y la siembra, son tiempos de alzar el azadón  para ampliar los campos de cultivo, y en algunos casos se aprecian, no ya lo duro de los trabajos, sino las necesidades de algunas personas que se ganaban la vida como podían, sin importarles los esfuerzos realizados; y en otros casos la fe que profesan algunos fiando la salvación eterna al poder del dinero, anteponiendo sus creencias a las necesidades familiares. En el primer caso, Daniel, cuya estatura y corpulencia era más la de un ciclope, pero con dos ojos, que la de  una persona normal, descargó con toda su fuerza el pico del azadón sobre la raíz de una mata de roble, pero con tan mala fortuna, que la herramienta reboto y fue a parar a su pierna, destrozándole un pantalón de pana  que había estrenado días antes, y posiblemente el único que tenía, causándole una herida importante, con abundante sangrado. Al darse cuenta la persona contratante de lo sucedido, corrió rápido para interesarse por las consecuencias del accidente y auxiliarle en lo posible. ¡Daniel¡ ?Puedes moverte, puedes andar? ¡Sal rápido a este claro que veamos lo que te ha pasado¡ La respuesta de Daniel fue clara y no dejo dudas.       !Tranquilo, no se preocupe por la pierna. Yo lo que siento es el pantalón¡

En el caso del compañero de Daniel, un portugués de Lageosa da Raia, ejecutando el mismo trabajo, al llegar la tarde del primer día, y  ser requerido para abonarle su trabajo, también dejó clara su preocupación. ! No tenga usted prisa para pagarme ¡Ya me dará el dinero cuando tenga suficiente para dárselo al cura por un novenario que le tengo prometido para mi suegra. (Sucesos verídicos, ocurridos en Las Cumbres)

El tiempo pasa, y la estación más dura, el crudo invierno, se presenta unas veces con fuertes aguaceros, pero las más peligrosas son las grandes nevadas que convierten estas casas en pequeñas cárceles, ya que algunas veces es imposible dar un paso fuera de ellas, dependiendo entonces de todo lo que se ha ido almacenando en las despensas.  Las noches se les  hacen eternas junto  al fuego y a la luz del candil, o el farol, compartiendo historias; unas veces eran los abuelos y otras los padres o las madres los que hacían participes a los hijos o a los nietos de la vida y procedencia de sus antepasados, y también contando historias que corrían de boca en boca, a veces sin visos de realidad, pero que servían de entretenimiento sobre todo a los más pequeños. Estos aislamientos podían prolongarse por días, con el consiguiente trastorno para las personas ante cualquier emergencia, sobre todo partos y enfermedades.

 Estoy en las inmediaciones del Coisal y me acerco hacia las casas, pero los años han pasado y nada es como ante. Observo en mí caminar todos los campos vacíos de gentes y ensombrecidos por grandes  extensiones de pinos que crecen por doquier. No hay nadie en la casa de Gregorio Caballero, conocido como el Boticario, más tarde de Monterillo, ni en la de Francisco el portugués, ni en la de Victoriano Lanchas; sigo más adelante, y la de Felipe López ya no tiene ni los cimientos, la de Pedro Caballero, más tarde de su yerno Segundo Holgado, está en ruinas. Retrocedo un poco por el camino que va hacia el Regato de Codesal, y  me dirijo a un manantial que aún permanece en mis recuerdos, situado allí mismo a la izquierda del camino, en un nivel  un poco más bajo que este, con la intención de apagar mi sed con un trago de agua fresca; pero el manantial ya está seco y la presa rebosa maleza. Continuo caminando, y allí mismo, en una finca unos metros más abajo a la derecha, junto al camino, y proxima a un frondoso nogal,  está lo que queda de una  casa parecida a una pequeña nave, utilizada en su día por su propietario, entonces Francisco Paíno, para guardar aperos de labranza y utensilios del campo, incluso para dormir o descansar en tiempos de siega y acarrea los hijos de Francisco, con el fin de aprovechar al máximo el día, dada la distancia que le separaba del pueblo y así mismo de la era de abajo a donde tenían que trasportar los cereales. En el interior de esta finca, como a unos cien o doscientos metros,  está aún en pie la vivienda de Claudio, y tanbién un pequeño cobertizo para herramientas, más tarde todo de su hija Isabel, pero tampoco hay gente en ninguna de ellas, y nadie que te salude al pasar. Fijo la vista, desde esta posición, en los prados  que están junto al regato de Codesal, a la derecha del camino, y como una alucinación acuden a mi mente las figuras de dos hombres jóvenes aún, y un adolescente, todos encima de una roca de granito, y varios hombres más en el prado que, sin prestar mucha atención, contemplan la escena y a la vez están entretenidos en preparar unas corzas, las cadenas y los cambicios, juntamente con los yugos y las coyundas para poder utilizarlas más tarde en el arrastre de las piedras. El adolescente está sentado, con una barrena en sus manos que mantiene en todo momento en posición vertical, y a la cual va imprimiéndole constantemente y poco a poco un pequeño giro, pero  sin perder la verticalidad, y los dos hombres manejando cada uno de ellos una maza de hierro que iba y venía golpeando la barrena con golpes precisos y seguros, alternándose los golpes de uno y otro sin perder el ritmo, ante la expectación de los demás que iban viendo como la barrena penetraba poco a poco en la roca hasta conseguir profundizar varios centímetros, los suficientes a juicio de los barreneros para que una carga de dinamita hiciera saltar por los aires aquella enorme roca. Esta operación se repite en varias rocas más con total y absoluta precisión de los golpes, y sin concederse un descanso por parte de los barreneros hasta que las cargas fueron colocadas y todas aquellas rocas volaron por los aires. Pero ahora, por un momento, todos los personajes que están encima de la roca se quedan fijos en mi mente como si estuviese contemplando una fotografía de aquellos años; aunque rápidamente en mis recuerdos veo a uno de los barreneros con un pañuelo cubriendo su frente, corriendo la banda del campo de futbol al estilo de los grandes como Piru o Panizo, y rematando a puerta con una precisión increíble un centro lanzado por uno de los jugadores de su equipo a quien el público anima gritando un nombre que años antes resonaba en los campos de futbol, sobre todo en San Mames.  (Un futbolista reconvertido en el negocio de las minas de volframita en aquellos tiempos) ¡Ala Patxi, ya son vuestros!  Este grito tubo sus consecuencias, la pelota salió impulsada por la bota de Patxi, volando exactamente hasta la cabeza de su compañero de equipo que la busco entre los contrarios, logrando bajarla desplazando a la defensa y ganarles en su galopada por la banda, cruzando un fuerte disparo ante la salida del portero, y  oyéndose seguidamente un estruendo semejante al de la explosión escuchada un momento antes, pero esta vez el ruido salía de las gargantas del público al grito de ! GOOOL. GOOOL  GOL de KIÑO¡ Efectivamente no me cabía duda, mis recuerdos no me engañaban, uno de los hombre que martilleaba, una y otra vez sobre la barrena, era Kiño, un minero que por su calidad como futbolista, llego tristemente, para él, un poco tarde al mundo del futbol. El otro compañero barrenero, un hombre un poco más alto, y bien formado, delgado físicamente, pero con los músculos poderosos, forjados día a día en la mina con tan dura faena, ese hombre era Tomás, Tomás Lequio; y el adolescente que sujetaba la barrena, admirado por la facilidad  con que aquellos hombres descargaban los martillos una y otra vez sobre el extremo de la barrena con golpes totalmente precisos y seguros, trasmitiendo total confianza en su trabajo, ese, era el que en este momento está recordando todo esto, con la extraña sensación que aquello era solamente un juego.

Entretenido con estos pensamientos giro a mi izquierda y me encuentro frente a la casa de León Almaraz, aquel hombre mayor de barba blanca al que yo no había visto nunca hasta aquella mañana, ya tan lejana, y que según informaciones era el mismo que había presidido la Alcaldía de la Villa durante la Segunda República, y  que, después de hacerme algunas preguntas, me ofrecía  malapios, manzanas, y ciruelas cuando, en mi niñez, iba a llenar de agua fresca el barril en su presa; pero, ahora, ya no sale nadie de la casa, ni los perros ladran cuando me acerco, todo está solitario, y todo el caserío envuelto en el más profundo silencio; así que opto por seguir adelante por sus tierras, bordeando la calleja de los alcornoques, ya intransitable.  Desde aquí cruzo todos los campos a través de la vereda de los Paínos. Estos campos despiertan en mi cientos de recuerdos y emociones que aún siguen  intactos dentro  del apartado de mis vivencias.   ! Pero estas son otras historias ¡Con todo esto, llego al cruce de los caminos de la Veguita y el de La Cumbre que va hacia el Puente del Infierno. Me distraigo de mis pensamientos con el quejido del viento preso entre las copas de los pinos, forzando su salida al doblegar a los más débiles y provocar, a veces, chasquidos por el roce de  unas ramas con otras que hacen saltar como un proyectil algún trozo de su corteza, alterando, de este modo, el sosiego y la paz del caminante. Miro a mi alrededor y echo de menos, igual que el viento en su huida, las grandes explanadas cubiertas de cereales, que se inclinaban reverentes  ante las caricias de aquellos aires cálidos que, poco a poco, y día a día, les iban tornando el verde de sus espigas por un rubio dorado, optimo a los ojos del labrador después de tantos esfuerzos, esperando este momento durante todo el año. Continúo mi camino, pero al mismo tiempo siento nostalgia por los años vividos visitando con cierta frecuencia esta zona con mis antepasados, y también inquietud, al encontrarme, ahora, físicamente solo en aquellos campos un día llenos de vida y transitados por tantos caminantes a cualquier hora del día y a veces de la noche; aunque noto de alguna manera la presencia de los que me precedieron, Francisco Paíno, Mariano, Ángel, y también los maridos de las Paíno, Alejandro, Marcelo y Saturnino José, sintiendo interiormente, que mis pasos estarán ya para siempre junto a sus pasos hasta que el silencio y más tarde el olvido los borre para siempre.  Con estos pensamientos sigo adelante hasta llegar a un cruce de caminos que inmediatamente reconozco como la dirección de la Casa del Infierno, y del molino de Ceguera, aunque hoy, en esta zona, también están situadas las casas de los Palos-Collado, y el Puente del Infierno. Sigo adelante por este camino, aunque mentalmente visualizo el Camino de La Cumbre hasta un nuevo cruce cuyo recorrido llega hasta la Casa de La Brezosa,  el resto  del itinerario de este camino continúa hasta pasar por delante de la casa y molino de Lanchas, cruzar el río y encontrarse más adelante con el Camino del Villar.

Entretenido con todo esto llego al Puente del Infierno y compruebo que todas las casas están vacías, pues no se ven señales de vida. La Casa del Infierno no llegué a conocerla, pero el molino aún muestra los muros de un tiempo pasado, castigados a veces  por las aguas del río. Paro un momento para contemplar el caudal, que continúa su camino, un camino trazado hace miles de años, y que aún hoy el agua sigue, deslizándose por los mismos derroteros de siempre e ignorando en su memoria la presencia de todos los que un día pasamos por aquí. Ya no continuo más abajo para acompañar a estas aguas hasta su paso por el resto de casas y molinos, pero presiento que todo ha corrido la misma suerte, el abandono, tanto la casa y el molino de Lanchas, como el último, el molino del Ciego al final de la cañada del mismo nombre. Tampoco me detengo mucho en el que queda aguas arriba, el molino de Ceguera, cuyo funcionamiento como molino dejo de ser útil hace ya muchos años, convirtiéndose, en su última etapa, en una pequeña central eléctrica para abastecer las casas de los Palos-Collado. Vuelvo sobre mis pasos  otra vez por el Camino de La Cumbre y lo hago deprisa, sin acercarme al resto de casas de esta zona, situadas, según subo por el camino, en los campos de la derecha la de Candidito y la de Federico, y en los de la izquierda las de Gago y Manilla, todas ya sin gentes que cuiden de ellas, ni enciendan sus chimeneas en los crudos días del invierno; a lo sumo, hoy día, convertidas en almacenes de herramientas y sentimientos,  que guardan en su interior las ilusiones y las alegrías, pero también las penas y las tristezas de aquellas gentes jóvenes que un día lograron levantarlas con sus propias manos, desafiando la soledad del campo para formar una familia y darles un refugio seguro, en una etapa de sus vidas, donde la fuerza de su juventud podía desafiar todas las adversidades que se les presentasen; pero ya sin ellos, todas siguen el mismo destino, el abandono y el olvido. Tomo el camino que va hacia la Veguita, y ya no veo por ningún lado la casa del Roso;  en la de Genaro, posteriormente de su hijo Valeriano, tampoco hay nadie, solamente los perros que ladran cuando sienten mis pasos y olfatean mi presencia. Siento curiosidad por acercarme hasta el chozo de Isidoro Rovalo Collado, alias Habanero, que aún sigue en pie, casi como el primer día, centinela en la orilla izquierda del rio siempre observando la bravura de sus aguas en las crecidas que cada año se repiten, aguas encallejonadas en este punto entre grandes peñascos, con un cauce sinuoso, frenando de este modo su ímpetu antes de llegar a la antigua presa de la Fábrica de la Luz; pero está cayendo la tarde y aún me queda un largo camino, y entonces me desvío por el Camino de Codesal hacia la casa de Borracho, deshabitada hace muchos años, utilizada, que yo recuerde, para almacenar pasto para el ganado. La curiosidad de mi niñez, visitando con mi Padre esta zona,  sentado en la peña del otro lado del camino, ha esperado que alguien saliese de aquella casa. !Pero en vano¡. La solución pasaba por zanjar el tema preguntando a mi Cicerone.  ? Quien Vive ahí, en esa casa? La respuesta no se hacía esperar. ! Vivió un hombre mayor que se llamaba Gregorio, pero hace ya muchos años¡. Con estos recuerdos y tratando de esclarecer quien era esta persona, busco sobre esa familia, y veo que, efectivamente, en 1886, la casa estaba habitada por Gregorio González Collado y su mujer Cándida González Montero, conocida la vivienda como la casa de Borracho. No puedo pasar sin mirar al otro lado donde tantas veces estuve sentado a la orilla del camino, pero aquí también contemplo los campos cubiertos de pinos, y entonces vienen a mi memoria los tiempos pasados, y todo lo veo diferente, veo el trigo despuntando en los surcos, que marcan, aún más, la rectitud de aquellas linias que llegan hasta la loma, en una besana que casi se pierde de vista, y recuerdo a Mariano, el hermano mayor de mi Padre, paciente, con la mancera en la mano como si de un timón se tratase, para que la reja a modo de tiralíneas, dibujase en la tierra surcos tan rectos que daban la sensación haber sido trazados con un cartabón gigante.  Prosigo  por el mismo camino para llegar a la casa del Guapo, más tarde habitada por Vidal Boliche y su familia, y allí mismo a la de Toribio el Hurdano, pero no hay nadie en todo el contorno, y llegando a la carretera me encuentro con la casa de los Huérfanos, pero sin nadie como las anteriores. El ruido de un motor me hace girar la cabeza hacia las casas del Coisal, y me doy cuenta que alguien sale de la casa de Victoriano.  ¡Ángel, el ultimo morador!

Todas las piedras de este recorrido dejadas  atrás, y  puestas en pie en un tiempo pasado, gritan a nuestro paso. !Aún estamos aquí¡ Somos  testigos y lo seguiremos siendo mientras nos mantengamos en pie, de  una forma de vida llena de sacrificios , pero al mismo tiempo os recordamos que cobijamos entre nuestros muros  hombres y mujeres fuertes y luchadores, hombres y mujeres que trabajaron sin descanso, con la espalda encorvada unas veces sobre el arado para darle profundidad a la reja, otras sobre la misma tierra para eliminar las malas hierbas, y al final con la azada o la hoz en las manos para  recolectar el fruto que tantos sacrificios les habían costado obtener y así salir adelante, en un tiempo donde la tierra era un bien esencial para poder sobrevivir. Pero con una adversidad añadida, una climatología que nunca se lo puso  fácil.

La noche empieza a caer lentamente sobre los campos, envolviéndolo todo con su negro manto y acallando por unas horas las voces de aquellos maltrechos edificios; pero, contra viento y marea, nuevamente, al alba, seguirán estando presentes para servir de testigos a los caminantes que, un día, no hace mucho tiempo, hombres, mujeres y niños poblaron estos terrenos y habitaron estas casas durante muchos años, quedando ya esparcidos para siempre sobre estos campos, los anhelos, penas y alegrías, de todas estas gentes.

Así como cuando los rayos del sol van palideciendo debido al giro de la tierra, y las sombras van cubriendo los campos, anunciándonos el atardecer del día, así mismo la falta de fuerzas en el labrador le van anunciando el atardecer de su vida en los trabajos que durante tantos años han ocupado su existencia, creando vida en aquellos campos para después llevar, esa vida, a sus casas; pero, ahora, cuando los hijos han emprendido otros caminos, y se ve obligado a desprenderse de aquellos animales que fueron los motores de su trabajo, viéndolos partir en la lejanía, sus ojos se ponen brillantes, y aquellas manos fuertes que, un día, fueron capaces de enfrentarse a la fuerza y vitalidad cerril de aquellos animales que compartieron con Él tantas y tantas jornadas de trabajo; hoy, esas manos, un poco deformadas por el trabajo y los años, ascienden lentamente hasta su rostro para limpiar una lagrima que resbala por sus mejillas, conteniendo la emoción que ese momento le provoca, siendo consciente en ese mismo momento también, que su vida, de aquí en adelante no será lo mismo; las amapolas no volverán a florecer en la primavera en aquellos campos, ni las mieses volverán a ser acunadas por los vientos de Marzo y las aguas de Abril velando por su crecimiento, entregándolas, ya crecidas, a Mayo y Junio en perfectas condiciones para su fortalecimiento y para que el granado de las espigas sea beneficioso y del agrado del labrador. Tampoco volverá a escuchar el canto de algún labrador lejano, acompasado por el lento caminar de sus animales surco arriba y surco abajo, ni su voz dándole órdenes a la pareja de vacas para volver y continuar con un nuevo surco, o animándolas a seguir más deprisa, habiendo hecho enmudecer los cencerros para concentrarse y poner toda su atención en la rectitud de aquellos surcos que van quedando atrás. ! Todo eso no volverá a suceder ¡.Y pasados unos años, mientras sus paseos cada día son más cortos y las herramientas y utensilios almacenados, carros, arados, yugos, redes, coyundas, súbios, liendras, eliendros, trillos, cencerros y un largo etc.. etc… ,unos van desapareciendo para servir de adornos en cualquier lugar, y otros quedaran olvidados  en las cuadras, como los cencerros, que seguirán mudos, colgados en alguna viga, y las rejas habrán perdido el brillo que antaño le proporcionaba el roce constante con la tierra al abrir sus entrañas para que el labrador introdujese las semillas que más tarde germinarían y les proporcionarían los alimentos necesarios para seguir adelante, y mientras, los yugos también estarán colgados en alguna parte para servir de testigos que, un día en estas tierras, antes de llegar las maquinas, el hombre ya cultivaba los campos de una forma mucho más sacrificada que la actual. Y el labrador seguirá contemplando estos utensilios y vera que la polilla ya ha invadido algunos de ellos, que las cambas y las mazas de las ruedas estarán también apolilladas y los aros y los cinchos no hacen ninguna función porque ya están completamente sueltos. También observara que aquel utensilio, llamado mancera, que utilizaba de timón en las sementeras, y en todas las labores con el arado, orgulloso de la rectitud de los surcos en sus sembrados, también está destrozada por la polilla. Y entonces, cuando sus piernas casi ya no le sostienen y va buscando las solanas cercanas a su casa, en el frio otoño, ensimismado en sus pensamientos, quizá valorando los aciertos, y también las equivocaciones. Entonces, allí sentado, es sacado de sus pensamientos por el ruido estridente de las motosierras que empiezan a escucharse a lo lejos sin parar, siguiendo a continuación el fuerte golpe de algún pino al desplomarse contra el suelo, intuyendo que allí nuevamente volverán a crecer otros, y la función del labrador ya habrá entrado en su noche más profunda.

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